La imagen de una idea triunfante: la Inmaculada Concepción

Francisco Rizi, Inmaculada Concepción, siglo XVII
Óleo sobre tela, 376 x 211 cm
Museo del Prado, Madrid.

 

Por Marco Antonio Silva Barón

A principios del siglo XVII, dos de las órdenes religiosas con más poder e influencia en el mundo católico, franciscanos y dominicos, estaban envueltos en una importante discusión teológica que consistía en determinar si María, madre de Jesús, había sido inmaculada o no en el momento de su concepción. La discusión tenía como origen la Biblia, en donde no se explicita lo anterior, lo que suscitó una larga controversia en el seno de la cristiandad. En el marco de la Reforma y la posterior Contrarreforma, el cuestionamiento y posterior supresión del culto mariano por el protestantismo del siglo XVI, provocó que los ideólogos católicos potenciaran la devoción a la madre de Jesús.

Los frailes de san Francisco, decididamente inmaculistas, saldaron a su favor el debate, uniéndose posteriormente a su postura los religiosos carmelitas y jesuitas. Sevilla, poderosa ciudad andaluza, que en gran medida debía su riqueza al comercio trasatlántico, era especialmente sensible y devota del fenómeno mariano, por lo que en sus tejidos sociales y políticos, la tesis franciscana encontró aliados de primer nivel e influencia.

Así, los poderes sevillanos se dirigieron al rey Felipe IV, solicitándole que se convirtiera en mediador ante el papa, de tal manera que se llegara a la proclamación universal de la Inmaculada Concepción. Las gestiones se prolongaron algunos años en el complejo entramado burocrático-espiritual de Roma, pero en 1622 se aprobó el decreto que aceptó que María había sido concebida sin pecado original. La cuestión no fue completamente saldada sino hasta 1854, año en el que el papa Pío IX la declaró dogma de fe.

En la religiosa Andalucía cayó de maravilla lo anterior, y sus artistas más insignes se encargaron de representar ampliamente el motivo iconográfico emanado del nuevo paradigma. En el mundo hispánico, no obstante, se emplea este tema desde mediados del siglo XVI, siendo el más conocido de sus representantes el sevillano Murillo, que desde aproximadamente 1650, había seguido el modelo de maestros previos como Francisco Pacheco y Francisco de Zurbarán.

La devoción hacia la Inmaculada Concepción fue prontamente transmitida a la Nueva España: los hospitales de indios estuvieron, desde el siglo XVI, bajo su protección, surgiendo con ello hermandades dedicadas a ella. Desde 1612 existía la cofradía de la Inmaculada en la capital novohispana y las fiestas que la celebraban ocurrían con gran primor los días 17, 19 y 20 de diciembre. Cabe señalar que desde 1645, los graduados de la universidad de México debían hacer voto de defender la Concepción Purísima. En 1767 tiene lugar otro enorme triunfo de los propagadores del culto inmaculista, ya que su advocación fue declarada patrona de España y de los reinos y señoríos que constituían su imperio.

Bartolomé Esteban Murillo, Inmaculada Concepción, 1662
Óleo sobre tela, 134 x 110 cm
Sala Capitular de la Catedral de Sevilla.

 

La imagen devocional

Murillo era conocido como el pintor de las Inmaculadas, cuya imagen ciertamente estandarizó con los siguientes atributos: túnica blanca, manto azul, capa del mismo color, en vuelo. María es una adolescente, está posada sobre una media luna,  mientras que el fondo de la composición está difuminado o “vestido de sol”, fenómeno pictórico que algunos autores llaman “ambarino”, tanto por la tonalidad como por el sentido de tratarse de un colorido que parece flotar. De la misma manera, el autor crea un ambiente brumoso y angélico.

Si bien Murillo fue el más famoso de los pintores de la Inmaculada, los autores mexicanos creen que la imagen que primero se impuso en la Nueva España fue la del madrileño Francisco Rizi, que habría llegado a mediados del siglo XVII, convirtiéndose en una de las imágenes base para su realización en estos territorios.

La Inmaculada de Torreón

La figura tiene forma curva, heredera de las vírgenes del siglo XVI, compuestas de tal manera que el cuerpo evocaba la forma de la letra ese, la figura acusa un ligero contrapposto, o contraposición entre la cadera y el torso, sobresale el costado izquierdo del cuerpo, mientras que el derecho está un tanto remetido. La cabeza se inclina y mira abajo, y está rodeada por un coro de tronos, es decir, cabecitas de ángeles, que la coronan. Su túnica se adhiere al cuerpo y da la sensación de movimiento, mientras que su manto tiene múltiples ceñidos y no cae al suelo, sino que es sostenido por un amorcillo. Tres angelotes, putti o amorcillos flotan sobre una peana formada por nubes, ellos portan símbolos de la pureza mariana: la palma del triunfo, el espejo y la corona de flores.

La pintura de Carrillo más que dinámica y ascensional, como las inmaculadas españolas, tal vez esté más bien inspirada en la Guadalupana, de la que parece tomar el lenguaje gestual y la postura, además de la filiación apocalíptica.  En efecto, la representación añade a la media luna sobre la que reposa María, otro signo asociado a la mujer señalada en el capítulo 12 del Apocalipsis, aquella que engendra al Niño que el Dragón quiere combatir,  que en este caso aparece como una quimera reptiliana en los cielos.

La Inmaculada Concepción sirvió como un elocuente instrumento propagandístico en los reinos hispánicos, como contestación a los cuestionamientos sobre la figura mariana, no obstante, a lo largo del tiempo arraigó como una fuente de inspiración y devoción para las masas novohispanos, y los pintores más famosos de su tiempo la representaron, a saber, Cristóbal de Villalpando y Miguel Cabrero.

Eusebio Carrillo es un pintor en gran medida desconocido, aunque se sabe que trabajó en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XVIII, todavía hasta 1764. Se presume que ejercía con libertad el arte de la pintura, ya que la documentación sobreviviente lo cita como profesional de dicha actividad. Acaso es el mismo Carrillo que firmó en 1722 el acta constitutiva de la primera Academia de Arte en México.

Cristóbal de Villalpando, Inmaculada Concepción, s.f.
Óleo sobre tela, 189 x 126 cm. Museo Universitario
de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 


BIBLIOGRAFÍA

 

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RUIZ CUEVAS, Karina, “La Virgen como <<fuente de vida>> La Inmaculada Concepción como alegoría en la Nueva España”, en La Inmaculada Concepción en España: religiosidad, historia y arte: actas del simposium, 1/4-IX-2005 / coord. por Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla, Vol. 2, 2005, pp. 1178-1200

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