SAN EMETERIO Y SAN CELEDONIO; SAN ROQUE

San Emeterio y San Celedonio; San Roque

Fragmentos de un retablo. Región navarro-aragonesa, España, c. 1550

Óleo y temple sobre madera. Fundación E. Arocena / Museo Arocena

 

Por: Sergio Garza Orellana

 

Todo objeto artístico es una encrucijada de historias: habla del estilo del artista que lo crea y de la comunidad para quien se realiza; de su economía, su política y su medio natural. Deja entrever miedos, deseos, aspiraciones y el sentido estético de las personas para las que fue creado, y de todas aquellas que han conservado cuidadosamente el objeto hasta llegar a nosotros.

 

CONTRA LA PESTE EN CALAHORRA

A principios del siglo XVI, en la península ibérica se solía decir “en el año de siete, deja España y vete”, haciendo referencia a los terribles azotes de peste que ocurrieron en 1497, y nuevamente en 1507. El temor al contagio obró en favor de la popularidad de un santo  protector contra las enfermedades, San Roque, personaje central en uno de los fragmentos del retablo que hoy nos ocupa.

Un gesto del santo revela la herida que posee en la pierna izquierda. Según su hagiografía en la Leyenda Dorada, ésta es producto del exilio forzoso que mantuvo en los bosques italianos, a los que llegó después de contraer la peste y renunciar a los bienes terrenales y títulos que le correspondían como hijo del gobernador de la ciudad de Montpellier, Francia. Su supervivencia en los bosques fue posible gracias a un personaje entrañable: Melampo, el perro de un noble local que le llevaba diariamente pan para su comida, y le sanaba al lamerle sus heridas. En la representación podemos ver al noble can, portando la hogaza de pan que salvaría al santo. Delante de éste hay un ángel, del que Santiago de la Vorágine relata que “le trajo del cielo a San Roque una tabla divinamente escrita con letras de oro a la prisión donde se encontraba, y la depositó debajo de la cabeza. En esa tabla estaba escrito que Dios le había concedido su petición, que era que todo aquel que pregara en el nombre del santo fuera incapaz de ser herido por ninguna pestilencia.”

Si bien, la presencia de San Roque ilustra el temor de los comitentes de esta pieza a contagiarse de una enfermedad que devastó a la Europa medieval, la segunda pieza que hoy nos ocupa, igual en estilo y dimensiones, ayuda a reducir la incertidumbre sobre el lugar que necesitó invocar a este santo. Ésta muestra a los santos Emeterio y Celedonio, hermanos que fueron soldados romanos sirviendo en la ciudad española de Calahorra, en La Rioja, a finales del siglo III. Tales personajes se enfrentaron a la difícil decisión de abandonar su fe o ser tratados como desertores del ejército imperial. Al elegir la segunda de estas opciones, fueron encarcelados y posteriormente decapitados, convirtiéndose en mártires y protectores de la comunidad ubicada en la zona limítrofe entre las coronas de Aragón y Castilla.

Una segunda versión del episodio hagiográfico comenta que las cabezas de los santos siguieron un camino milagroso dentro de una barca de piedra, a través del río Cidacos hasta llegar a la ciudad de Santander, lugar que también se adjuntaría bajo su patronazgo. La poca devoción que tuvieron estos mártires fuera de estas comunidades pudiera indicar que el retablo del cual proceden estas tablas, hoy desmembrado, tuviese su origen en esa región particular, lugar que presenció un encuentro de dos importantes estilos en la península ibérica.

 

CONFLUENCIAS EN LA ZONA NAVARRO-ARAGONESA

Las dos tablas que nos ocupan narran otro acontecimiento especial: el crisol de estilos y técnicas que fue la España de finales del siglo XV, después de que dos grandes polos europeos gestaron paralelamente una nueva sensibilidad en la representación pictórica. Flandes, en el norte; y los reinos italianos del sur lideraron una nueva estética que, de la mano con grandes transformaciones técnicas, tuvo un impacto mayúsculo en todo el continente.

En España, la influencia flamenca llegó a mediados del siglo XV a través del intercambio comercial que se estableció entre esas regiones, especialmente desarrolladas por la casa Trastámara en Castilla.  Las relaciones políticas de los reinos ibéricos provocaron que uno de los artistas más reconocidos en el norte, Jan van Eyck, realizara un viaje por las Coronas de Portugal, Castilla y Aragón durante 1428 y 1429.  El impacto que tuvo éste, especialmente en la producción artística de las últimas dos Coronas, desarrolló la pintura gótica hispanoflamenca, que se popularizó con rapidez en esos territorios. Este nuevo estilo confluyó con las innovaciones italianas a finales del siglo XV, cuando comienzan a aparecer en España las primeras pinturas que denotan una influencia del arte florentino y umbro en la producción artística de la Corona aragonesa, y particularmente en Valencia.

 

 

Las tablas narran la afluencia de estas manifestaciones artísticas: reúnen elementos que recuerdan el estilo hispanoflamenco en la descripción de los personajes, especialmente en el tratamiento de los paños; pero la representación pictórica del entorno también se acerca, con rasgos toscos y sencillos, al estilo italiano de la escuela umbra, reinterpretado con fuertes tendencias de la pintura aragonesa de mediados del siglo XV. Los árboles, la disposición del muro sobre el cual se desarrolla la escena, y el esgrafiado del suelo, preparación que no fue desarrollada pictóricamente, introducen someramente elementos de la pintura renacentista italiana.

Esta confluencia apoya la información sobre el origen de estas piezas en la colindancia entre el reino de Navarra y las coronas de Castilla y Aragón. Las tablas recuerdan el estilo de los seguidores de Juan de la Abadía el viejo, activo en Huesca durante la segunda mitad del siglo XV; o incluso a uno de los miembros más activos de su taller, su hijo Juan de la Abadía el joven, quien construye entornos arquitectónicos muy similares, aunque tiende más hacia el gótico internacional, como es posible constatar en las tablas laterales del Retablo de San Martín de Tours en la iglesia parroquial de Nueno, provincia de Huesca. 

A su vez, ambas tablas se relacionan directamente con el Retablo de la Santa Parentela, que también se encuentra en la Colección Arocena. El estilo, la paleta pictórica y la construcción del entorno indican que, con mucha probabilidad, las piezas fueron realizadas por el mismo taller, pudiendo intervenir dos pintores en su factura.  También, los arcos conopiales que rematan las tablas de San Roque y San Emeterio y San Celedonio,  remiten a que éstas formaban parte de un retablo ahora desmembrado.

Así, los materiales, la representación y el estilo de estas piezas narran una misma historia: un cruce específico de momentos, lugares e influencias que dio origen a un retablo que, si bien no nos es posible conocer hoy en día, podemos imaginar con mayor claridad a través de la restauración e investigación de los fragmentos que hoy se encuentran en el Museo Arocena.

 

RESTAURACIÓN DE LAS PIEZAS

A través de un convenio con la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO) de Guadalajara, se realizó la intervención de estas piezas. Para la restauración de la pintura se hizo una limpieza química y mecánica, resane de lagunas, reintegración cromática y aplicación de barniz. En cuanto a los remates, se recuperaron faltantes a través del moldeado manual de una pasta a base de carbonato de calcio y su posterior dorado.

Según los datos obtenidos tras la intervención, de pudo conocer que la pintura utilizada en estas piezas corresponde a una mezcla de técnicas pictóricas, temple y óleo. Esta combinación no es fuera de lo común en el territorio ibérico durante los siglos XV y XVI, pues la transición hacia la nueva técnica, el óleo, fue muy gradual. Los pintores españoles la utilizaron durante esta época principalmente para lograr ciertas veladuras y estabilizar algunos pigmentos.

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