MIGUEL CABRERA. LAS TRAMAS DE LA CREACIÓN

Miguel Cabrera fue el pintor novohispano más reconocido de mediados del siglo XVIII. Trabajó para laicos, órdenes religiosas y clero secular; fue nombrado pintor de cámara del arzobispo de México, Manuel José Rubio y Salinas, y alcanzó una holgada posición económica al final de su vida.

Para los templos y colegios de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús -uno de sus principales clientes- realizó numerosas obras. La iglesia de San Francisco Javier de Tepotzotlán, Estado de México, es hoy en día su trabajo más complejo y que mejor lo representa. En su creación se desempeñó como un artista integral aplicando conocimientos y experiencias no sólo del pintor, sino también del escultor, del arquitecto y, por si fuera poco, del músico.

La presente exposición aborda diversos aspectos de esta fructífera relación laboral entre el pintor y la orden religiosa; su participación en la proclamación de la Virgen de Guadalupe como patrona de la Nueva España; el uso de fuentes europeas para elaborar el programa iconográfico y estético en Tepotzotlán; y por último, algunos ejemplos de obras con devociones jesuíticas.

El Museo Arocena, en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, se enorgullece en presentar este esfuerzo por difundir el conocimiento y disfrute de la obra de Miguel Cabrera, así como las enormes repercusiones de su obra en el ex colegio jesuita de Tepotzotlán. La vinculación con el Museo Nacional del Virreinato, primera sede de esta exhibición, y Verónica Zaragoza, su curadora, han permitido traer las obras del pintor de la Maravilla americana a la ciudad de Torreón en donde encuentran consonancia con las obras propias del Museo Arocena, dentro de los festejos de nuestro 10º aniversario.

Virgen de la Inmaculada Concepción
Miguel Cabrera
Siglo XVIII. Óleo sobre tela
Colección Museo Arocena / Fundación E. Arocena

La pintura novohispana del siglo XVIII

Hacia 1722, los hermanos Juan y Nicolás Rodríguez Juárez dieron lugar a uno de los primeros intentos por establecer una academia de pintura en la Nueva España. Era un espacio para discutir ideas en torno al arte y a los mecanismos de producción estética; en él se congregaron diversos pintores, como José de Ibarra que se convirtió en el líder pictórico de su generación. Hacia 1754 Ibarra estableció, al igual que su maestro Juan Rodríguez Juárez, una academia. Algunos de sus discípulos fueron Francisco Antonio Vallejo y Juan Patricio Morlete Ruiz. Se desconoce si Miguel Cabrera fue también discípulo de Ibarra, pero se formó como artista en un círculo muy cercano a él.

Miguel Mateo Maldonado y Cabrera nació entre 1715 y 1720 en la ciudad de Antequera en el Valle de Oaxaca, pero no se tienen noticias de su infancia y juventud. No es sino a partir de 1739 -año en que contrajo matrimonio con doña Ana María Solano en la ciudad de México- que contamos con datos de su vida. A la muerte de Ibarra en 1756, Cabrera tomó su lugar como el pintor más importante de su tiempo y en él recayó la dirección de la academia, convirtiéndose en el eje de otros artistas de importancia como José de Alzíbar y José de Páez.

La Divina Pastora
Miguel Cabrera
Siglo XVIII. Óleo sobre tela
Museo Nacional del Virreinato, INAH

La Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús

La Compañía de Jesús fue fundada por Ignacio de Loyola en 1540. Sus integrantes llegaron a la Nueva España en 1572 y para el siglo XVIII había crecido y consolidado numerosas fundaciones, además de contar con un importante número de miembros.

Las fundaciones –entre las que se encontraban misiones, colegios y residencias- requerían edificaciones y ornamentos para conferir carga simbólica a sus actividades religiosas y la Compañía se esforzó, a través de fondos propios o por medio de patrocinios, en contar con ellos.

Una de las principales aportaciones de Ignacio de Loyola a la práctica religiosa son sus Ejercicios espirituales. En ellos invita a hacer un uso metódico y sistemático de los sentidos para crear atmósferas pertinentes –a través de imaginar determinadas escenas o imágenes religiosas- para la reflexión sobre la realidad. Este uso metódico de los sentidos tendrá por resultado que la Compañía fomente la creación de arte de calidad que serviría, además, como propaganda del catolicismo.

Los primeros contactos entre Cabrera y los integrantes de la Compañía de Jesús en la Nueva España se dieron en la década de los años cuarenta del siglo XVIII en la Ciudad de México, donde empezó a establecer una red de relaciones con jesuitas como Antonio de Herdoñana y otros artífices como Higinio de Chávez con quien trabajaría posteriormente en Tepotzotlán.

El Divino Pastor
Miguel Cabrera
Siglo XVIII. Óleo sobre tela
Museo Nacional del Virreinato, INAH

 

Pintor de la maravilla americana

La Compañía de Jesús fue fundada por Ignacio de Loyola en 1540. Sus integrantes llegaron a la Nueva España en 1572 y para el siglo XVIII había crecido y consolidado numerosas fundaciones, además de contar con un importante número de miembros.

Las fundaciones –entre las que se encontraban misiones, colegios y residencias- requerían edificaciones y ornamentos para conferir carga simbólica a sus actividades religiosas y la Compañía se esforzó, a través de fondos propios o por medio de patrocinios, en contar con ellos.

Una de las principales aportaciones de Ignacio de Loyola a la práctica religiosa son sus Ejercicios espirituales. En ellos invita a hacer un uso metódico y sistemático de los sentidos para crear atmósferas pertinentes –a través de imaginar determinadas escenas o imágenes religiosas- para la reflexión sobre la realidad. Este uso metódico de los sentidos tendrá por resultado que la Compañía fomente la creación de arte de calidad que serviría, además, como propaganda del catolicismo.

Los primeros contactos entre Cabrera y los integrantes de la Compañía de Jesús en la Nueva España se dieron en la década de los años cuarenta del siglo XVIII en la Ciudad de México, donde empezó a establecer una red de relaciones con jesuitas como Antonio de Herdoñana y otros artífices como Higinio de Chávez con quien trabajaría posteriormente en Tepotzotlán.

Manuel José Rubio y Salinas
Miguel Cabrera
1761
Óleo sobre tela
Museo Nacional del Virreinato, INAH

Cabrera en Tepotzotlán y la creación total

El uso metódico de los sentidos propuesto en los Ejercicios espirituales, ha estado presente en la cotidianeidad de los integrantes de la Compañía de Jesús. Para mediados del siglo XVII el padre general Juan Pablo Oliva llevaba una relación cercana con Juan Lorenzo Bernini, uno de los artistas más importantes del barroco en el Vaticano. Este último propuso que se creara una gran obra que impactara en todos los sentidos del espectador valiéndose de todas las manifestaciones artísticas, propuesta que convenció a Oliva y la difundió al interior de la Orden.

En 1753 el padre Pedro Reales, rector del Colegio y Casa de Probación de Tepotzotlán, contrató a Miguel Cabrera e Higinio de Chávez para construir tres retablos y cuatro portaciriales para el presbiterio del templo de San Francisco Javier. Pero la labor de Cabrera no concluyó con la obra retablística pues también ejecutó pintura mural en las bóvedas del presbiterio y crucero, así como varios óleos sobre tela para la sacristía, el sotocoro y coro del templo. Por último, realizó obras de pequeño formato para el Camarín de la Virgen.

Es en Tepotzotlán y con la Compañía donde Cabrera traspasó los límites de su arte y creó, junto con el padre Reales, una obra total que incluía arquitectura, escultura y pintura, además de conocimientos de música y acústica para lograr que el sonido corriera libremente en el espacio del templo a pesar de la inclusión de los retablos.

San Rafael arcángel
Anónimo. Siglo XVIII
Madera tallada, policromada y estofada
Museo Nacional del Virreinato, INAH

Andrea Pozzo y Cabrera en Tepotzotlán

El hermano Andrea Pozzo (1642-1709) nació en Trento, Italia y estudió pintura antes de ingresar a la Compañía. Una de sus obras más importantes se encuentra en el templo de San Ignacio en Roma, Italia. Pintó al fresco el ábside, la cúpula y la bóveda con arquitecturas fingidas que “transforman y amplían los espacios reales y les comunican su carácter triunfal”.

Al mismo tiempo, escribió en el Colegio Romano un manual sobre la representación bidimensional de la perspectiva para el uso de pintores y arquitectos, en el que reprodujo varias de sus obras. Esta edición fue enviada a las distintas provincias que la Compañía tenía en el mundo y debió corresponder a los jesuitas mexicanos mostrar el libro a Cabrera. Fue así como conoció la obra de Pozzo y la aprovechó para crear en San Francisco Javier de Tepotzotlán una gran obra que impactara en todos los sentidos del observador valiéndose de todas las manifestaciones artísticas.

La glorificación de san Ignacio que Cabrera pintó en el presbiterio del templo de San Francisco Javier de Tepotzotlán busca mostrar la obra realizada por Ignacio y la Compañía de Jesús para propagar la fe cristiana por el mundo y está claramente inspirada en Pozzo. Al centro, el Espíritu Santo en forma de paloma dirige un rayo al corazón de san Ignacio, quien lo refracta al pecho de san Francisco Javier y éste lo esparce a las figuras humanas en el límite del retablo.

San Miguel arcángel
Anónimo. Siglo XVIII
Madera tallada, policromada y estofada
Museo Nacional del Virreinato, INAH

Santos y devociones jesuíticas

Cabrera también trabajó para  otros colegios, como el de Oaxaca, Valladolid (hoy Morelia), Querétaro, Guanajuato y Zacatecas, además de la Casa Profesa, en la Ciudad de México. Pintó numerosos lienzos con los principales santos de la Compañía: san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, san Francisco de Borja, san Luis Gonzaga y san Estanislao de Kostka, que ayudaban a fijar los modelos iconográficos y afianzar la devoción.

Otro tema recurrente fue la vida de la Virgen y sus distintas advocaciones. La devoción a María inició con el fundador de la Orden, quien en sus escritos la nombraba “Nuestra Señora”. La Virgen de Loreto, la Inmaculada Concepción y la Virgen de la Luz fueron algunas de las devociones marianas que los jesuitas difundieron en territorio novohispano.

El Sagrado Corazón de Jesús fue uno de los últimos cultos que los jesuitas propagaron entre los fieles. De origen francés llegó a Nueva España en 1721 y, en los siguientes años, se fomentó su devoción. Después de la expulsión por parte de Carlos III en 1767, la Orden lo utilizó como punto de unión espiritual.

Miguel Cabrera murió el 15 de mayo de 1768 en la Ciudad de México.

San Ignacio tomando el Santo Sacramento
Anónimo
Siglo XVIII. Óleo sobre tela
Museo Nacional del Virreinato, INAH


San Francisco Xavier
Miguel Cabrera
1761
Óleo sobre tela
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México


La Visitación
Miguel Cabrera
Siglo XVIII
Óleo sobre tela
Colección Museo Arocena / Fundación E. Arocena

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