SATURNINO HERRÁN

PRESENTACIÓN DEL MUSEO AROCENA

Con el movimiento de renovación de las artes conocido como modernismo, los pintores mexicanos de las últimas dos décadas del siglo XIX se apropiaron de las premisas estéticas internacionales que auspiciosamente orientarán la producción artística del XX, lanzándose de lleno en una experimentación formal e iconográfica de la que Saturnino Herrán fue significativo precursor y estandarte. Su prematuro fallecimiento, el 8 de octubre de 1918, significó para sus contemporáneos la desaparición de un promisorio representante de la modernidad artística en su modalidad nacional más refinada y el principio del fin del academicismo tradicional.

El Museo Arocena, en colaboración con el Museo Nacional de Arte y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura tienen el honor de sumarse a la conmemoración del centenario luctuoso del pintor aguascalientense al presentar conjuntamente la exposición temporal Saturnino Herrán y otros modernistas donde se reúnen treinta y cinco obras entre pintura, dibujo y publicaciones ilustradas por el autor y sus coetáneos, con representatividad de destacados autores como Diego Rivera, Joaquín Clausell, Juan Téllez y Ángel Zárraga. Los contenidos proponen guiar hacia la apreciación del legado de Saturnino Herrán a la historia de la cultura visual mexicana y su importancia como monumento artístico nacional a partir de cuatro grandes ejes temáticos: “La formación académica”, “Internacionalismos”, “Influencia del modernismo español” y “Cuerpo místico y el alma nacional”.

Agradecemos al Museo Nacional de Arte y los coleccionistas que han hecho posible esta exposición ya que con su generosa disposición contribuyen a consolidar el rol del Museo Arocena como líder regional en la interpretación del arte y la historia. Se trata de un proyecto cultural que además de conseguir los propósitos que en torno a la difusión del arte y la cultura se ha trazado, cumple con su objetivo de estrechar lazos de cooperación entre museos para exhibir el desarrollo del arte nacional.

 

LA FORMACIÓN ACADÉMICA

Saturnino Herrán nació en Aguascalientes el 9 de julio de 1887, lugar donde comenzó su formación bajo la tutela de los artistas José Tovilla y Severo Amador. A los 16 años continuó su educación en la Escuela Nacional de Bellas Artes, incorporándose a las clases de los estudios superiores de dibujo y pintura con sus condiscípulos más avanzados.

De la mano de artistas como Julio Ruelas, Mateo Herrera, Germán Gedovius, Armando García Núñez, Gerardo Murillo y el director de la escuela, Antonio Fabrés, Herrán compartió las aulas y excursiones de pintura con Diego Rivera, Roberto Montenegro, Francisco de la Torre, los hermanos Alberto, Antonio y Alfonso Garduño.

Herrán incursionó en el estudio de la anatomía humana con especial cuidado de las proporciones del cuerpo, pero también en el estilo simbolista, cuya premisa se centraba en comunicar un mensaje retratando elementos que servían como metáforas para expresar la poética profunda oculta en las cosas. Su pintura incluye el paisaje modernista –de jardines espectrales y melancólicos- y el realismo, es decir, la representación de objetos y personas en situaciones reales, incluyendo sus defectos y carencias. Gracias a Fabrés, el esteticismo -caracterizado por el montaje de escenas prefabricadas con personas disfrazadas y objetos que el artista coleccionaba- también tuvo influencia en Herrán.

En 1908 su obra plástica se consolidó. En este periodo desarrolló alegorías del trabajo en donde la influencia de su maestro Gedovius se haría notar en la densidad de la pintura y en la paleta de color. En sus óleos se denota el interés por la clase obrera y la vejez, a través de los cuales demuestra su domino de la figura humana.

 

SATURNINO HERRÁN (1887 - 1918)

Guerrero, 1917

Carboncillo sobre papel

Colección Museo Nacional de Arte, INBA

 

 

INTERNACIONALISMOS

La renovación de los programas de estudio al interior de la Escuela Nacional de Bellas Artes incorporó el gusto ecléctico del Art Nouveau y algunos elementos del lenguaje propio de las vanguardias europeas de los siglos XIX y XX. Saturnino Herrán construyó un imaginario fértil a través de su incursión en varios géneros, con los cuales orbitó dentrode un sistema de tendencias internacionales. Aunque Herrán no salió del país, se percibe la influencia y el conocimiento que obtuvo a través de las publicaciones modernistas extranjeras, así como de las exposiciones de 1904, 1906, 1907 y 1910, en donde aparecieron los cuadros producidos por sus compañeros que habían logrado ir a Europa a completar su formación. De estos movimientos artísticos, el realismo y el simbolismo encontraron eco en Herrán y, gracias a sus obras, se fijaron en la tradición pictórica mexicana.

 

INFLUENCIA DEL MODERNISMO ESPAÑOL

En el lenguaje estético de Herrán perviven las imágenes “adoradas”, martirizadas y dolientes, alimentadas por la devoción popular, y que parecen contrarias a la idea de progreso. En las aperturas paisajistas del pintor se alzan las moles de cúpulas, conventos, sagrarios y catedrales barrocas -novohispanas-, a manera de correlato americano de los cascos medievales de villas como Ávila, Toledo o Segovia. Estas localidades por demás recurrentes en la obra de los artistas españoles realistas, naturalistas, modernistas o neoimpresionistas, que acapararon la atención del sector cultural en Hispanoamérica, revirtieron la percepción negativa que se había creado en torno a España y su decadencia histórica, convirtiendo en orgullo el origen negro, árabe o gitano.

La exposición del pabellón español en 1910 difundió el discurso hispánico de Zuloaga, Rusiñol, Sorolla, Romero de Torres y Anglada Camarasa, representantes del decadentismo -o de una visión pesimista-, del decorativismo que pone énfasis en lo ornamental y del naturalismo, que a través del claroscuro devela la realidad social. Saturnino Herrán visitó el pabellón español junto con sus colegas y maestros pintores, sus obras dejan ver que no fue indiferente a la influencia hispánica.

 

SATURNINO HERRÁN (1887-1918)

La ofrenda, 1913

Óleo sobre tela

Museo Nacional de Arte, INBA

 

CUERPO MÍSTICO Y EL “ALMA NACIONAL”

El ambicioso proyecto de Nuestros dioses, que nunca vio la luz, fue consecuencia de una búsqueda ontológica, la del “ser” mexicano. Los cuerpos y rostros lánguidos se ofrecen al espectador y soportan el peso de la tradición. Al contrario del muralismo, los indígenas que pintó Herrán son cuerpos eróticos en movimientos deleitantes, casi teatrales. Fue consciente de la idealización de la vestimenta y los tocados en las figuras para subordinar su utopía, a la armonía temática y pictórica de la pieza en su conjunto. En La ofrenda (1913), Herrán reproduce a la manera simbolista los estados de ánimo de las distintas edades de los indígenas que conmemoran a los difuntos y recuerda la situación histórica y social que vivía la ciudad de México en torno a la época revolucionaria.

Herrán no se sirvió de una modelo cualquiera, no inventó una Venus ideal ni mucho menos pintó mujeres anónimas; se inspiró en su esposa Rosario Arellano y en la bailarina española Tórtola Valencia. La esencia de la existencia humana se representó con individuos reales y ya no mediante personajes anónimos. La mantilla encontró su símil en el rebozo como personificación de la riqueza y opulencia mexicanas. Las criollas, las añoranzas virreinales y la veneración de la arquitectura novohispana hicieron patente la conformación del México moderno sobre una herencia común. La veneración de la tierra se materializó en la mujer y en sus posturas naturales.

 

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