Septiembre 2016. Alfombra

Alfombra. 

FICHA TÉCNICA

Madrid, segunda mitad del del siglo XIX

Hilos de lana tejidos en ligamentos de cara de trama y de tapicería
730 x 555 cm.

Colección Arocena

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FICHA COMENTADA

Desde principios de la Edad Media los tapices y las alfombras se usaron para recubrir los muros y los pisos de piedra de los fríos y húmedos castillos europeos con el propósito de hacer las habitaciones más cálidas, menos húmedas y, por lo tanto, más acogedoras. Con el paso del tiempo, estos tejidos pasaron de ser simples telas a convertirse en obras maestras del arte textil y a considerarse piezas que aportaban a sus poseedores prestigio social. Hasta la primera mitad el siglo XIX todas las alfombras eran de formatos chicos o medianos (no más de 3 o 4 metros). De tal manera, para cubrir los pisos de las grandes habitaciones se usaban varias piezas.

La costumbre de cubrir los pisos con alfombras para hacer las habitaciones más confortables pasó a México en el siglo XVI con los españoles. Aunque muchos lugares de nuestro país tienen un clima mucho más benigno que el europeo y no hace falta una alfombra para que las habitaciones sean más cómodas, la costumbre de usarlas se arraigó desde inicios del periodo virreinal y se convirtió en uno de los requisitos para que una estancia se considere bien amueblada. Además, éstas han tenido la función de marcar la distribución de los espacios y darles importancia. La alfombra del salón de la Casa Histórica Arocena se usa precisamente para eso.

 

 

Por su gran formato, esta alfombra no pudo haberse realizado antes de la segunda mitad del siglo XIX, cuando la tecnología textil fue capaz de crear telares lo suficientemente grandes y fuertes como para tejer estas piezas y soportar su peso a lo largo de su elaboración. Sin embargo, la manufactura de la alfombra del salón de la Casa Histórica Arocena requirió tanto de la nueva tecnología textil de su época como de las viejas técnicas artesanales de tejido de tapicería. Como en las antiguas alfombras europeas, la lana es el material usado en este caso, así como los colorantes naturales entre los que destaca la grana cochinilla, elemento que aporta los colores rojo y rosa en sus diferentes tonos, suaves verdes y toques de naranja y amarillo. 

La pieza comparte con muchas otras alfombras el formato rectangular y la composición de cenefas, campo y medallón, aunque con variantes muy propias de su época. Las cenefas son las bandas que se colocan en los bordes para enmarcarlas. Los campos son la superficie de estos tejidos y el medallón es el motivo central, que puede tener distintas formas (circulares, ovaladas, romboidales o mixtilíneas). La cenefa está decorada con motivos de follaje de acanto en tonos de rojo presentados como si fuera un damasco (tejido que crea diseños a partir de juego de luces).

El campo se divide en dos rectángulos concéntricos. El más externo está limitado por dos grecas doradas con remates en las esquinas y tiene un fondo color crema decorado con cuatro ramos de amapolas, dalias, peonias y rosas en las esquinas; mientras el resto de sus superficie se cubre con guirnaldas de las mismas flores organizadas sobre ramas de rosal. El rectángulo interior limitado por bandas verdes utiliza el mismo recurso que la cenefa, la de la imitación de damasco, pero en colores más claros.

Al centro de este último, se colocó el medallón de forma mixtilínea limitado por una greca igual a la que limita el rectángulo exterior del campo, y con el fondo rojo. Al interior del medallón una guirnalda de hojas de laurel contiene otra de rosas y ésta a su vez enmarca un ramo de rosas. No es casual que la alfombra ostente motivos florales, ya que éstas, y en especial las rosas, fueron uno de los motivos favoritos de la ornamentación textil de la segunda mitad del siglo XIX.

Por sus características técnicas y estéticas se puede decir que la pieza es española y que se manufacturó durante la segunda mitad del siglo XIX.

 

 

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