Septiembre 2015. Un ascensor de los años veinte

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Un ascensor de los años veinte
h. 1920
Fundación E. Arocena.
Casa Histórica Arocena.

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FICHA COMENTADA

Es difícil imaginar la vida moderna sin elevadores. Los elevadores o ascensores, han sido fieles protagonistas del crecimiento vertical de las ciudades. Gracias a este invento tecnológico de mediados del siglo XIX, las ciudades crecieron hacia arriba.

Edificios y rascacielos fueron posibles no sólo por el acero y el concreto, sino también por la adaptación de los elevadores. De esa manera, subir y bajar fue más sencillo y accesible para las personas, pero al mismo tiempo, el cambio tecnológico en los elevadores durante el siglo XIX, facilitó también la construcción de edificios notablemente más altos, lo cual multiplicó el número de pisos de los inmuebles. 

Desde la antigüedad, el hombre se las ingenió para cargar, subir o bajar diversos objetos. Por medios mecánicos accionados con poleas, cuerdas, ruedas y palancas, se hicieron los primeros elevadores y montacargas para facilitar el transporte, sobre todo de materiales pesados y en grandes cantidades.

Los primeros dispositivos de elevación y transporte fueron las palancas, las poleas, los rodillos y los planos inclinados. La realización de grandes trabajos de construcción con este tipo de equipamiento, exigía enorme cantidad de gente. En la época antigua, se utilizaban lianas, cuerdas de cáñamo, correas de cuero. Todo para aligerar la carga. Los primeros elevadores de palanca, fueron prototipos primitivos de los modernos elevadores. En la antigua China e India se utilizaron para elevar agua en XXII a. C[1]. Posteriormente tres inventores griegos sentaron las bases de la elevación: Ctesibio, padre de la hidráulica; Arquímides, descubridor del tornillo sin fin y las leyes de la palanca; y Herón de Alejandría, inventor de la polea compuesta[2]. Así nacieron grúas y malacates, unos accionados por fuerza animal, otros por fuerza hidráulica para elevar pesadas cargas, que facilitaron la construcción de la antigua Roma.  Durante siglos, aquella tecnología de elevación permaneció bajo los mismos principios sin haber grandes cambios.

Para el siglo XVIII la minería incentivó la creación de más mecanismos para extraer los minerales de manera más rápida y eficiente. Con la invención de la máquina de vapor en Inglaterra, se consideró utilizar energía en los elevadores. En 1830 nace el montacargas movido por máquinas de vapor en Derby, Inglaterra. De esa manera se incorpora el concepto de polea de tracción con contrapeso, que hasta la fecha se utiliza en los ascensores. 

El siglo XIX fue pródigo en inventos y máquinas industriales que caracterizaron a las sociedades modernas. En 1854 Elisha Graves Otis presentó el primer freno de seguridad para ascensores, lo cual dio inicio al elevador moderno que utilizamos en nuestros días. Su invento fue presentado públicamente en la exposición mundial de Crystal Palace en Nueva York. Hasta antes de la innovación de Elisha Graves Otis, con demasiada frecuencia se desplomaban los elevadores y había numerosos accidentes[3]. De esa manera, su invento, hizo seguro esta forma de trasladarse y llevar diversas cargas.  A partir de entonces, nació una industria destinada a dotar de elevadores a edificios y casas. En 1887 la compañía Otis, instaló el primer elevador eléctrico. La demanda fue tal, que para esos años, la ciudad de Nueva York había eclipsado a Chicago, con 21 rascacielos contra 19, más una altura máxima de 118 metros, frente a los 91 de los edificios en Chicago. Las ciudades de Europa no tenía tales edificios[4].

Los elevadores facilitaron la vida, convirtiéndose así en medios de uso común en la vida cotidiana de las ciudades.

Desde sus inicios como población ferrocarrilera, Torreón estuvo abierto al cambio y las innovaciones tecnológicas desde la finales del siglo XIX. Varios aspectos influyeron para que así fuera la nueva población. La migraciones nacionales y extranjeras crearon un clima de apertura y adaptación a las nuevas condiciones. Al mismo tiempo, Torreón tan alejado de la capital del país, recibió mayor intercambio con las poblaciones texanas de los Estados Unidos. Así, el ferrocarril se convirtió en un medio para traer nuevas tecnologías.

Como buena ciudad moderna, Torreón, que todavía no alcanzaba el rango de ciudad,  tuvo el primer elevador en la región hacia 1905, con la construcción del Hotel Salvador en la avenida Hidalgo. Durante las primera mitad del siglo XX, fue el hotel más lujoso y vistoso de la época, con 72 habitaciones. Su dueño, el agricultor Carlos González de Oca, contrató al ingeniero Federico Wulff, para la construcción del edificio de cuatro pisos.

El segundo elevador se instaló en 1907, con la construcción de la Compañía Bancaria y de Tranvías Wah Yick, mejor conocida como el Banco Chino, frente a la plaza principal, hoy llamada de Armas. Para ese año, Torreón fue elevado a ciudad.

El tercer elevador se instaló en el pesado edificio de cantera, que albergó el Banco de La Laguna, también en la avenida Juárez. Su elevador daba acceso a los cuatro pisos del banco regional.

El cuarto elevador en la ciudad, llegó con la construcción del edificio Arocena en 1920. El nuevo edificio, a imagen y semejanza de la arquitectura europea, incorporó nuevas tecnologías como el acero, el concreto y por supuesto, un ornamentado elevador para acceder a sus tres plantas. A la vista externa, el edificio posee un característica decoración, que se complementa en sus interiores. De esa manera, el acceso principal del edificio, cuenta un bello elevador de estilo Art Nouveau.

Consagrado en 1900 durante la Exposición Universal en París el Art Nouveau se caracteriza por la referencia a la naturaleza: flores, plantas, y animales. También emplea arabescos, curvas y espirales. La ornamentación es orgánica en referencia a la naturaleza. El edifico, que alberga la Casa Histórica Arocena, es un caso sui generis en la arquitectura de Torreón y la Región Lagunera. No sólo por el canon arquitectónico, sino porque es el único inmueble con ciertos rasgos Nouveau en su interior. El elevador es un claro ejemplo de esta tendencia. Vivamente decorado, resaltan flores y hojas, curvas que resaltan un medallón central en la parte superior de la puerta. Es todo naturaleza, pero forjada en bronce, que contrasta con la suavidad de un piso de madero, y una jaula transparente que nos lleva a los niveles del edificio. Por momentos, estamos en un caja del tiempo que nos transporta a los lejanos años veinte del siglo pasado, donde la elegancia no está  reñida con la funcionalidad. Lo mejor de todo, el elevador ¡todavía funciona!

 

[1] Miravete, Antonio; Larrodé, Emilio, Elevadores: principios e innovaciones, Editorial Reverté, España, 2007, p. 7.

[2] Ibid, p. 13.

[3] Derry, T.K., Williams, Trevor, Historia de la tecnología desde 1750 hasta 1900, tomo I, Siglo XXI Editores, 1982, p. 604. 

[4] Ibid, p. 605.

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