Jorge Marín. El cuerpo como paisaje

Tenemos el honor de presentar Jorge Marín. El cuerpo como paisaje, primera exposición en el Museo Arocena, exclusivamente dedicada al trabajo escultórico de este reconocido artista de nacionalidad mexicana, pero de presencia y carácter universal.

La obra de Jorge Marín es comprensible como síntesis y resultado de las tradiciones estéticas de los grandes maestros griegos y renacentistas, pero también de las nuevas formas expresivas que el cuerpo escultórico ha alcanzado desde el cambio de siglo. De ahí que sus bronces nos resulten extrañamente familiares, pero igualmente inquietantes bajo la luz del arte y las expectativas en este nuevo milenio. De cualquier manera, memorable.

Esperando que disfruten de esta exposición, les damos la más cordial bienvenida a recorrerla.

Módulos temáticos de la exhibición

En el siglo XX, la representación del cuerpo humano va a ser manipulada, distorsionada y abstraída para formar parte de un lenguaje distinto, donde forma, color y composición se convierten en los verdaderos protagonistas antes que el objeto de la representación. El arte, siempre dinámico, nos conduce en el mundo actual a la invención o al redescubrimiento de procesos, técnicas, materiales e ideas que el artista utiliza para manifestar sus inquietudes sobre el cuerpo humano.

Introducción

Textos curatoriales por Agustín Arteaga

La figura humana es quizá la gran “constante” en la ecuación de la historia del arte. A veces, aparece tan solo como un factor, otras se repite y su suma revela el resultado. Hoy en día, pareciera que es más bien la incógnita que tenemos que descifrar. No importa cómo, pero a lo largo de la historia de la humanidad su representación concreta o simbólica siempre ha estado presente.

La figura de Jorge Marín surge en este efervescente campo de cultivo, tomando un camino propio que converge y se toca con el de sus coetáneos y de sus predecesores, pero que siempre se mantiene en una esfera particular, en la que la búsqueda de la belleza no teme ser criticada por inusual o arcaizante, tanto como el espíritu lúdico se permite desplazarse en el péndulo que va de lo apolíneo a lo dionisíaco, sin miedo al comentario descarnado. Podemos afirmar que el escultor es un ecléctico postmoderno que abreva tanto de la historia del arte como del imaginario colectivo generado por ella.

Desde el inicio de su carrera, Jorge Marín ha producido imágenes tan diversas como técnicas ha empleado, lo cual se explica a partir de su formación de restaurador de obras de arte. Por una parte, esta primera formación acercó al artista al estudio del “hacer” de la obra de arte, trabajando con frecuencia con escultura de los siglos XVI al XVIII y, descubriendo los secretos de la talla en madera estofada o de la realización de imágenes con pasta de caña, por ejemplificar algunas técnicas que habrán de repercutir en su propia producción. Si bien esto resulta importante en su formación, puedo considerar que su conocimiento visual de la historia del arte es, por mucho, más importante. Jorge Marín es un constructor de imágenes y prueba fiel de la máxima de que el arte proviene del arte; de modo alguno pretendo afirmar que no se trata de un arte derivativo o de copias de modelos preexistentes, sino que constato la gran habilidad manifiesta por el artista para hacer uso de la apropiación y el reciclaje.

Hoy en día, el cuerpo se concibe más cómo un espacio que un objeto mismo, es el escenario de la batalla humana así como su síntesis y memoria; por lo tanto, la figura humana recuenta el devenir de la humanidad misma y, el cuerpo es pues, paisaje.

Equilibrio y el hombre vitruviano

Jorge Marín hace acopio de las imágenes arquetípicas de la historia del arte, apropiándose de éstas y reciclándolas a través de su perspectiva contemporánea. Tal es el caso del Hombre Universal, que da principio a un amplio conjunto, la referencia a Leonardo da Vinci y su Hombre Vitruviano es inevitable, pero lo más interesante es que en el caso del escultor mexicano, el hombre está contenido por una sucesión de círculos que a su vez, remiten a un sentido de universo, de cosmogonía.

Guardando todas las distancias correspondientes, pues intentar parafrasear a uno de los iconos más significativos de la historia de la humanidad es de por sí un atrevimiento, Marín inserta al hombre en una situación dinámica donde el único equilibrio existente es el interior, pues su posición en el “espacio” nunca observa regla alguna, es tan mutante como sus aspiraciones o estados de ánimo.

Es interesante comparar al hombre de Leonardo que está confinado en una doble representación: de frente, con los brazos extendidos hacia los lados, alcanzando con la cabeza, pies y manos, el cuadrado que lo contiene en perfecta proporción y, en una segunda posición también frontal, pero con todas las extremidades extendidas en diagonales conformando el círculo que le limita.

De la intersección de las dos figuras antagónicas de la geometría, a través del cuerpo humano, Leonardo obtiene la representación misma de la perfección absoluta del hombre. Como podemos ver, ambos, el genio de siempre y el artista de hoy, dejan sus propias lecturas: el equilibrio y la perfección de la edad del humanismo, por una parte, y el vértigo y el caos contemporáneos, por la otra.

La idea de equilibrio que el escultor mexicano manifiesta está claramente relacionada con el sentido del espectáculo, ya sea el circense —como lo indica el uso de mallas y los torsos expuestos que permiten apreciar al cuerpo prácticamente en desnudez— o el del carnaval, explícitamente manifiesto por la máscara.

Si bien es cierto que toda esta serie de cuerpos masculinos tiende a basarse en la efectividad de sus acrobáticas poses y de sus torneadas proporciones, también lo es que metafóricamente nos habla de someterse a la tentación del riesgo y la bíblica profecía de fallar y caer de este dudoso paraíso en el que vivimos.

Seres fantásticos

Más allá del simbolismo o la metáfora en la producción de este artista está el objeto físico, el cual es de gran calidad, cosa cada día más rara. Las fundiciones que componen este capítulo de la producción de Jorge Marín, provienen de otras series previamente realizadas en modelado tradicional, en barro, a partir del modelo vivo y que marcó el inicio de su trayectoria artística. Contando con los recursos propios del restaurador de obras de arte, esta técnica fue modificándose en función de sus necesidades de producción; así, en poco tiempo, comenzaron a surgir los barros patinados con incrustaciones de materiales extra-escultóricos como pueden ser los ojos de cuentas de vidrio, o la incorporación de objetos con frecuencia de carácter religioso.

La mayor parte de estas obras dieron forma a un conjunto de seres fantásticos que se mezclaban con la figura humana; centauros, quimeras, sirenas y nuevos híbridos aparecieron de entre sus manos despertando una inquietud peculiar en el espectador. Años atrás, tal vez ya más de diez, escribí un breve texto que titulé —también apropiándomelo¬— Ojos que dan pánico soñar... en el que resaltaba su peculiar carácter, un tanto surrealista, divertido y perverso.Al paso del tiempo, los personajes se han distanciado de aquellos primeros infantes regordetes para dar paso a la figura humana alada, masculina y femenina.

Lo importante es que el conjunto funciona como composición contando su propia historia, un hombre desnudo se sostiene con seguridad en la punta de un obelisco en tanto trae al espacio terrenal a una sensual figura femenina alada, mientras que un tercero —también alado y enmascarado— observa aterrorizado a los pies del humano. El virtuosismo del artista es patente en el manejo de complejas situaciones de narración múltiple; la organización del grupo se tensiona, aún más, cuando decide desarrollarla sobre un resbaladizo prisma triangular. La figura como tal, observa las características de realismo y síntesis que definen desde el inicio de su carrera al artista.

  • Imber Uber, 2012. Bronce. Colección Jorge Marín. Seres
  • Aviador en cubo, 2012. Bronce. Colección Jorge Marín.
  • Balanza de surfistas, 2009. Bronce. Colección Jorge Marín.
  • La fiesta de Camirus, 2005. Bronce. Colección Jorge Marín. Introducción Textos curatoriales por Agustín

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